¿Cómo se enseña el movimiento a quienes, más adelante, deberán diseñar los mecanismos capaces de producirlo? La cátedra de Tecnología de Productos II, de la carrera de Diseño Industrial, propuso una respuesta poco habitual: empezar por el cuerpo. En lugar de abordar el tema exclusivamente desde la explicación teórica, la cátedra, a cargo del Esp. D.I. Claudio Javier Sola, organizó un Laboratorio Kinestésico junto a Aníbal Villa, profesor de teatro y comedia musical, para que las y los estudiantes vivieran el movimiento antes de analizarlo.
La premisa es propia del proceso proyectual: en un producto, el movimiento casi siempre responde a un propósito. Por eso, antes de preguntarse qué mecanismo utilizar, es necesario entender qué acción se busca producir y cuáles son sus variables relevantes. El laboratorio buscó que esa comprensión naciera de la experiencia directa.
La jornada comenzó con algo tan cotidiano como caminar, pero con una consigna precisa: tomar conciencia de cómo lo hacemos. A partir de allí, cada dinámica fue aislando una dimensión del movimiento. Caminar en cámara lenta permitió observar la marcha “cuadro por cuadro” y descubrir que no se trata de un gesto único, sino de una secuencia de movimientos parciales coordinados. Los ejercicios de disociación, con brazos y piernas a velocidades distintas, mostraron que un sistema puede contener subsistemas que se mueven de forma diferente sin perder su relación. Una carrera en la que “el que gana, pierde” obligó a controlar cada fase de un desplazamiento que habitualmente se ejecuta en automático. Y en la “máquina humana” y la dinámica de los “rollizos”, donde un grupo debía trasladar a un compañero sin que tocara el piso, se hizo evidente una idea central de los sistemas mecánicos: el comportamiento del conjunto depende de las relaciones entre sus componentes, no solo del movimiento de cada uno.
En este recorrido, el juego no funcionó como una pausa en la enseñanza, sino como su dispositivo. Al modificar deliberadamente una condición, ya sea la velocidad, el ritmo, la dirección o la coordinación, aquello que parecía natural se volvió observable, y lo observable pudo luego analizarse y conceptualizarse. En palabras del docente, “no mecanizamos el gesto; mecanizamos las variables funcionalmente relevantes del gesto”. Ese proceso de abstracción continuará a lo largo de la materia, cuando cada estudiante seleccione una temática, identifique los movimientos esenciales para representarla y los materialice en el diseño de un autómata.
La incorporación de un profesor de teatro no fue casual. Acción, espacio, tiempo, ritmo, secuencia y coordinación son nociones con las que el teatro trabaja de forma permanente y que resultan igualmente decisivas para analizar el comportamiento de un producto. Lo que cambia es el soporte: cuerpos en un caso, componentes tecnológicos en el otro. Que ese cruce sea posible dice mucho de la FAD: una facultad donde las artes y el diseño conviven tiene la capacidad de hacer dialogar sus saberes para enriquecer la formación de cada disciplina.
Experiencias como esta expresan una concepción de la formación profesional que va más allá del dominio de herramientas técnicas. Formar diseñadoras y diseñadores capaces de observar, abstraer y tomar decisiones fundamentadas implica también innovar en las formas de enseñar.